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¿Las palabras: ley, mandamiento o pacto son restrictivas, son prohibitivas y limitan nuestra vida aquí en la tierra? ¿Por qué Dios hace tanto énfasis en el pacto? y ¿Cuál es la clase de Dios que el pacto revela, en especial en Deuteronomio 30: 15 – 20?
Frente a la anhelada tierra de Canaán (en el primer día del 11º mes del 40º año del éxodo), prometida desde tiempos remotos a sus padres Abraham, Isaac y Jacob (Génesis 12: 4-9; Deuteronomio 30: 20) comienza “El Sermón”.
En la (a) primera sección de Deuteronomio se declara al pueblo la destitución de Moisés (1: 6 a 4: 43) se recuerdan los sucesos desde el Sinaí hasta Canaán, que abarcan unos 38 años antes (1: 6 a 3: 29), se exhorta a guardar la ley y designa las ciudades refugio (4: 1-40 a 4: 41-43). La (b) segunda sección abarca desde el Cáp. 4: 44 a 26: 19 donde se repasa la ley. La (c) tercera sección contiene el conocido discurso de las bendiciones y las maldiciones (27: 1 a 28: 68). Finalmente en el (d) cuarto discurso se recuerda y exhorta a guardar el pacto, en Moab. (29: 1 a 30: 20). Moisés sabia, viendo la actitud de los israelitas en el desierto que era tiempo de declarar y repasar el pacto establecido en Sinaí.
Culminando una serie de disertaciones con una conclusión magistral (Deuteronomio 30: 15 – 20), podemos incluso decir que éste puede ser el llamado o epilogo general de los discursos de Moisés debido a su extensión y a su ubicación en el libro (última apelación de Dios a su pueblo, a través de Moisés).
Deuteronomio 30: 15 – 20 aunque más especifico, más detallado, sigue la idea principal del “berîth" (pacto), palabra que en Deuteronomio se repite unas 27 veces. La palabra hebrea Ley (torah) aparece en el A.T. no menos de 220 veces. Esta no debe ser tomada como ley en el sentido latino lex, es decir, la ley del imperio. Ni debe ser entendida como los griegos comprendían su palabra para ley (nomos), es decir, lo que siempre se ha hecho. En el idioma hebreo el término torah proviene de la palabra “horah”, que significa “señalar”, “enseñar”, o “instruir”. De acuerdo con esto el sustantivo torah significa, en su sentido mas amplio “enseñanza”, “instrucción”.
“Mira que te mando”: La palabra hebrea “raá” (“Mira) nos sirve como marcador en el texto (traducido como: “ver”, “busca”, etc.) dando al comienzo al primer llamado de alerta que luego prosigue con el porqué de tanta atención. La vida y la bendición eran temas conocidos por el pueblo, anteriormente ya habían sido alertados de las consecuencias de la obediencia y la desobediencia, vida y muerte respectivamente (Deuteronomio 27: 1 a 28: 68). Ahora, en cambio, no se esta haciendo alusión al vida y muerte en forma de consecuencias, sino en termino de opciones. Solo dos opciones, en Deuteronomio (uno de los libros más teológicos de la Biblia Hebrea[1]) es claro el concepto de las dos opciones. Además, aunque su auditorio era todo Israel, Moisés se encarga lanzar el llamado de intención de manera personal, “delante de ti”, un llamado personalizado. La decisión y la responsabilidad de seguir al Creador no es solamente corporativa, es individual.
Generalmente las palabras “Mandamientos” (“mitsvá”), “estatutos” (“kjuccá”) y “decretos” (“mishppát”) nos parecen sinónimas, en cambio la primera se refiere a un mandamiento divino, usada en los Diez Mandamientos (Génesis 26: 5 y Éxodo 15: 26; 20: 2–17), la segunda a los estatutos que tenían que ver con los pronunciamientos reales; principalmente relacionados con la adoración (Levítico. 18: 4 y Deuteronomio 4: 1), y la tercera “decreto” u “ordenanza” a las leyes civiles, sociales y de higiene (Génesis 18.19 y Deuteronomio 16.18).
La libre elección se hace presente en la escena, Moisés conoce la dureza del corazón de el pueblo y, por medio de Dios, también se les informo de las perversiones de los Pueblos cananeos que le esperan al otro lado del rió. La Nueva Versión Internacional traduce la frase “si tu corazón se apartare” del verso 17 por “si tu corazón se revela” que esta más de acuerdo con la siguiente frase el mismo verso: “para adorar y servir a otros dioses”.
Pero ¿Cuál fue la razón que hizo alejarse a Israel de su Dios y entrar a la idolatría pagana? Las razones pueden ser variadas, pueden ir desde la influencia y presión del medio hasta la desmoralización y perversión de sus líderes. Pero la real causa de una rebelión hacia Dios viene desde la fuente misma del razonamiento: el “corazón”[2] producida por el simple hecho de dejar de oír la voz de Jehová. La raíz hebraica de “oyeres” es: “shamá”. Las diferentes traducciones de esta palabra son “obedecer”, “oír”, “oír inteligentemente”, “sentir”, “hacer caso”, “acceder”, “advertir” y “consentir”. Además la palabra oír se repite 7 veces en el capitulo 30 en los versos 2, 8, 10, 12, 13, 17, 20, dándole un realce especial dentro del texto y de la idea central de este. La pregunta ahora es: ¿Que debe el hombre escuchar, obedecer, pero en especial oír inteligentemente? La respuesta la brinda el mismo texto en el versículo 20: “vivir…atendiendo a su voz”. Esta voz (la voz de Dios), en el hebreo “qôl”, puede ser mejor traducida como “llamar en voz alta”, “clamor”, “gemir”. Atribuida en el texto solo a Jehová, el acto de rogar ser escuchado, parece lógico si viniera de la criatura hacia su Creador, pero el texto invierte el sentido lógico y ahora se transforma en un acto infinitamente incomprensible para la mente humana caída, que muestra al Creador del universo y lo conocido rogando, clamando a sus hijos rebeldes.
La consecuencia de hacer oídos sordos a Dios es una verdad innegable, la muerte y la corta estadía en Canaán solo serán los frutos de las decisiones israelitas. El conoce los pensamientos y actos del hombre, sabe que el pecado ha causado estragos en la mente humana y muchos haciendo iodos sordos seguirán en su descenso finito, llegando a la ultima consecuencia de rechazar a Dios, la muerte. La muerte no es la consecuencia innata de desobedecer el pacto, la muerte es la consecuencia de no escuchar la voz como estruendo de Dios apelando a su corazón.
Dios hasta ahora ha demostrado que él trabaja de una manera justa y transparente, él quiere inculcar en las mentes que el tema del pacto y el libre albedrío es tan delicado e importante que solicita testigos. El verso: “Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra” (Deuteronomio 30: 19), es un claro ejemplo de la seriedad del trato. Los pueblos antiguos establecían testigos en los tratados o pactos que se hicieran, en estos los testigos eran sus propios dioses. En cambio, Jehová coloca por testigos a su propia creación, testigos permanentes en el tiempo, y a la vez expone de forma explicita “que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él”. Testigo: Es aquel que puede dar testimonio con respecto a un suceso, porque lo ha observado directamente; también la confirmación del hecho o los hechos implícitos. Algunas veces, ciertos objetos inanimados (túmulos, altares y columnas) se erigían como testigos de un acuerdo o para recordar algún acontecimiento u obligación (Génesis 31:44-48; Josué 22:26, 27; 24:26, 27; Isaías 19:19, 20) , como es el caso de los hititas.[3]
Inmerso en la frase anterior aparece por cuarta vez la palabra “hoy” (“Yom”) repetida unas 67 veces en todo el libro, 15 veces en los capítulos 29-30 y 4 veces entre los versos 15-20, es una de las palabras que Moisés usa para poner al tanto al pueblo del momento solemne que esta viviendo.
Los cuatro “hoy” encontrados en el texto indican al pueblo perciba la importancia y la urgencia de hacer una elección definitiva por Jehová en ese mismo día. El primero dice: “Mira, yo pongo hoy ante ti la vida y felicidad, muerte y desgracia” (Deuteronomio 30: 15): Hoy es el día de la decisión, hoy se encuentran al alcance, la elección es hoy y no mañana, no conocemos el mañana, el mañana no nos pertenece. Segunda: “Porque yo te mando hoy que ames…” (Deuteronomio 30: 16) La orden de Jehová es en el presente. La invitación es clara, no solo se da a escoger, sino también se aconseja cual elegir y más tarde porque la debe elegir. Tercera: “Yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio” (Deuteronomio 30:18). También se presentan las consecuencias de la desobediencia, Moisés es claro y conciso: “sin remedio”, fuera de tu Dios no hay mas vida, encontraran una infinidad de dioses, de cultos, de sacerdocios o de ofrendas al otro lado del jordán, pero solo el Dios del pacto es el Dios de la vida. Y Cuarta: “…llamo por testigos hoy contra vosotros…” (Deuteronomio 30:19). Los testigos están presentes en el de la invitación, y aunque sean elementos inanimados (en este caso su propia creación) ellos dan testimonio de que el pacto brindado es justo y transparente. El mismo Moisés en la ley declara que un trato o juicio requería la presencia de 2 ó 3 testigos, mínimo, en los casos que implicaban la pena capital (Deuteronomio 17:6) como salvaguardia contra el falso testimonio.
Luego de haber presentado las opciones y sus consecuencias, sean positivas o negativas (dependiendo de la elección) Moisés declara: “escoge” (“bakjar”) o “acepta”, invitando de manera aun más directa al pueblo a decidirse aquí y ahora por la vida.
¿Cómo vivir?, ¿Cómo sacarle el mayor provecho a un lapso de tiempo tan efímero? El secreto de una vida prospera, una vida que, con una base en la promesa divina, se extiende hasta la eternidad, es vivir “amando a Jehová, atendiendo a su voz y siguiéndole a él” y nuevamente se reitera por un solo motivo: “porque de él depende tu vida, y por él vivirás mucho tiempo” (Deuteronomio 30: 20, NVI). Israel debía amar Dios como resultado de un sentido y experiencia de gratitud a Dios[4].
La frase “siguiéndole a él” es mejor expresado por la versión Jerusalén: “…viviendo unido a él…”. Aquí observamos un acto continuo hacia Dios, que no solo se reduce vivir en él o con él, sino más bien vivir unido a él. La palabra hebrea “dabaq” traducida como “unido” nos ayuda a ampliar nuestra visión ya que la palabra podría traducirse: “seguir”, “pegarse”, “adherirse”, “juntarse”. En el sentido religioso: es la entrega completa del hombre a Dios. En las relaciones personales es pegarse y enamorarse. Dios no es un Dios de relaciones superficiales, sin compromisos que no demandan una lealtad a toda prueba. El vivir al lado de Dios significa comprometerse de una manera real y personal, a tal punto que si es necesario este pudiera “soldarse” a él, y no soltarse jamás de su mano.
Moisés prosigue: “El es vida para ti” o mejor traducido por Versión Jerusalén: "En eso está tu vida" En amar a Dios estaría la vida de Israel y no solo de ellos. Nuestra vida individual y de manera corporativa solo vendrá ser una bendición si elevamos la mirada y atendemos a la voz de su Dios llamándonos por nombre. Llevar una vida inspirada y dirigida por el amor de Dios es heredar la vida eterna. Las posibilidades de vida para cada hombre se reducen finalmente a dos. Una es amar a Dios con todas las facultades. El resultado final es la vida en toda su plenitud, una vida que continua en la inmortalidad. La otra alternativa es desacatar la buena voluntad de Dios, pero dedicando la vida a las cosas de esta tierra. Una vida que transcurre persistentemente de esta forma, lleva a la muerte eterna. Estas alternativas constituyen una exhortación para cada uno de nosotros.
De acuerdo con la Biblia, la voluntad de Dios para la familia humana está revelada en la ley moral de los Diez Mandamientos.[5] No son una egoísta expresión de una voluntad arbitraria. Más bien son la revelación del carácter del Padre celestial, una expresión de su voluntad llena de gracia para nuestra felicidad en el orden creado de las cosas. Y un conjunto de principios de largo alcance.[6] La Ley no ha de considerarse tanto desde el aspecto de la prohibición, como desde la misericordia. Son una muralla de protección para el obediente. Contemplamos en ella la bondad de Dios, quien al revelar a los hombres los principios inmutables de justicia, procura escudarlos de los males que provienen de la trasgresión.[7] “Expresan el amor, la voluntad y el propósito de Dios con respecto a la conducta y a las relaciones humanas de todas las
épocas”[8].
El darles la ley fue un acto de gracia así como lo fue el don de la elección divina. El dar la ley es un acto de misericordia como lo fue la liberación de la esclavitud en Egipto. El dar la ley es tanto un acto de amor de Dios como hacer el pacto al cual pertenece la ley.[9]
Deuteronomio 15: 15-20 no es sólo histórico, sino también profético. Porque al paso que narraba cuán maravillosamente Dios había obrado con su pueblo en lo pasado, predecía los grandes acontecimientos futuros, la victoria final de los fieles, “los que son llamados a la cena del Cordero” (Apocalipsis 19: 9), cuando Cristo vuelva con poder y gloria.[10]
Según August Strong “La ley de Dios es solo el rostro de Dios revelado a la visión humana.”[11]
Es importante tener en claro que “la ley no es un agente para conseguir la salvación, y la obediencia nunca ha sido un medio designado por Dios para que los seres humanos lograran la justificación, la salvación y la vida.”[12]
Tanto el A.T. como el N.T. demandan del hombre una decisión definida del hombre. Laodicea, el símbolo con el cual la iglesia es identificada en el Apocalipsis (Cáp. 3), muestra una actitud de letargo que no concuerda con el tiempo clave en la historia de la humanidad y del plan de redención en el cual vive, es sumida en una tibieza e indecisión que el Señor repudia y rechaza (Lucas 16: 13). Nuestro Dios clama tal fidelidad y grado de compromiso que requieren, si es necesario, incluso que dejemos todo (Mr. 10: 17-31 y Mt. 10: 37). Esta obediencia desarrolla el carácter cristiano y da como resultado una sensación de bienestar.[13] “De este modo es evidente que el camino a la salvación en el A.T. y el camino a la salvación en el N.T. son el mismo: ambos son la salvación por la gracia, mediante la fe, que resulta en la obediencia.”[14] “La obediencia es un acto de fe mediante el cual el creyente confiesa su amor y lealtad a Dios. Es un acto de fe mediante el cual el creyente demuestra que depende del poder habilitante de Dios para obedecer, no solo en actos externos, sino aun en el corazón.”[15] Así el obrar de esta forma será simplemente una respuesta que proviene del acto de oír, oír con entendimiento (Apocalipsis 3:22), la voz, que inclusa llega a ser un ruego incesante de su Creador y Pastor llamando (Jn. 10: 2-4) y tocando a su corazón (Apocalipsis 3: 20), solo de esta forma la criatura sumida en las garras de la muerte, podrá volver, adherirse y enamorarse de su Dios para gozar de las bendiciones innatas de una obediencia fiel y completa a todas las palabras que salen de la boca de Dios (Mt. 4: 4), “palabras de vida eterna” (Jn. 6: 68).
Los mandamientos reflejan el carácter del Dador de la Ley. Y ese carácter es amor infinito: un amor que sólo busca el bienestar y la felicidad de sus hijos.[16] “Además la ley llega a ser un instrumento que define todas las relaciones dentro del pacto y de la comunidad del pacto. Define la relación vertical Dios-hombre. También define las relaciones humanas en las cuales la fe responde al amor con la obediencia”[17]
Moisés “aterriza” su sermón cumpliendo los objetivos homileticos de una conclusión: dejo una impresión tan fuerte en los oyentes que sus últimas palabras resuenan hoy no solo en los judíos contemporáneos, sino también en los oídos de millones de redimidos por la sangre de Jesús. Los condujo a la acción, o sino ¿para que?, pero principalmente los condujo con su testimonio, un testimonio de una vida enteramente consagrada a Jehová, un testimonio seguido por muchos que hoy oyen el clamor amoroso de su Salvador.
El plan de Dios no es obligar “a los hombres a que abandonen su incredulidad impía. Delante de ellos están la luz y las tinieblas, la verdad y el error. Ellos deben decidir lo que van a aceptar. La mente humana esta dotada de facultadas para discriminar entre lo correcto y lo erróneo. No es el designio de Dios que los hombres decidan por el impulso sino por el peso de la evidencia, comparando cuidadosamente unos pasajes de la escritura con otras.”[18]
[1] Raymond E. Brauwn, Comentario Bíblico “San Jerónimo”, (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1971) Pág. 297
[2] El tema relacionado con el “corazón” o mente es un tema amplio que no será tratado en este articulo, pero si el lector quiere profundizar su comprensión del corazón en el contexto del pacto se ofrecen las siguientes citas como referencias: Dt. 4: 9; 5: 29; 6: 5,6; 8: 2, 5; 11: 18; 26: 16; 30: 2, 6 (x3), 10, 14, 17; 32: 46; Jos. 22: 5; 2 Rey. 10: 31; 23: 3; 1 Crón. 29: 19; Sal. 19: 8; 377: 31; 119: 7, 10, 11, 34, 36, 69, 111, 112; Isa. 51: 7; Jer. 31: 33; Eze. 11: 19, 36: 26-27; Dan. 11: 28, entre otros.
[3] Raymond E. Brauwn, Comentario Bíblico “San Jerónimo”, (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1971), 306.
[4] Gerhard F. Hasel y Michael G. Hasel, El pacto eterno de Dios, (Buenos Aire: ACES 2002), 73.
[5] Frank B. Holbrook, “Lo que la Ley significa para mí”, Revista Adventista, Julio 1988, Pág. 6.
[6] Elena White, Mensajes selectos, tomo 1, Pág. 276.
[7] Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, (Idazo, E.E.U.U.: Publicaciones Interamericanas, 1988), 268.
[8] Gerhard F. Hasel y Michael G. Hasel, El pacto eterno de Dios, (Buenos Aire: ACES 2002), 70.
[9] Véase para bendiciones el ejemplo de los comienzos del reinado de Salomón, que a la postre fue el periodo más prospero de Israel como nación: 1 Reyes 4: 20-21, 29-34 y para maldiciones tómese como ejemplo la deportación de Israel en el 722 a.C.: 2 de Reyes 17.
[10] Elena White, Patriarcas y profetas (Editorial: ACES, 1988) Pág. 501
[11] Frank B. Holbrook, “Lo que la Ley significa para mí”, Revista Adventista, Julio 1988, Pág. 5.
[12] Gerhard F. Hasel y Michael G. Hasel, El pacto eterno de Dios, (Buenos Aire: ACES 2002), 69
[13] Frank B. Holbrook, “Lo que la Ley significa para mí”, Revista Adventista, Julio 1988, Pág. 4.
[14] Gerhard F. Hasel y Michael G. Hasel, El pacto eterno de Dios, (Buenos Aire: ACES 2002), 76.
[15] Gerhard F. Hasel y Michael G. Hasel, El pacto eterno de Dios, (Buenos Aire: ACES 2002), 69.
[16] Frank B. Holbrook, “Lo que la Ley significa para mí”, Revista Adventista, Julio 1988, Pág. 5.
[17] Gerhard F. Hasel y Michael G. Hasel, El pacto eterno de Dios, (Buenos Aire: ACES 2002), 70.
[18] Elena G. de White, Redemption: or the Miracles of the Christ, págs. 112, 113.








